10 de febrero
No sabía que el palo borracho florecía en esas flores de pétalos largos que disuelven un amarillo claro del centro en un rosa chicle perfecto.
Me senté frente al río, reposando mi espalda en un jacarandá joven; a diferencia del palo borracho, el jacarandá floreció hace unos meses. Su flor, en cambio, es lila y tubular. Desde mi infancia pienso la misma imagen, beber agua de la misma flor como si fuera una copita; me queda pendiente para la próxima floración.
Tengo una leve contractura del lado izquierdo del cuello, me di cuenta hace un rato andando en bici; fui en búsqueda de un estante de madera para mi nuevo cuarto-taller, me giré en una esquina para ver si se aproximaba un auto y una tensión me tironeó no permitiendo cumplir la rotación de cabeza. Ahora practico unos movimientos de nuca que hacemos en las clases de alfarería, va así:
Miro a la derecha, una chica recostada junto a su bici, un chico con una lata de cerveza armándose un cigarro, más al fondo el puente de Rocha por el que mi bisabuela se tiraba al río en su juventud; me siento afortunada de haber oído esa historia de su propia boca, a pesar de que el recuerdo lo distorsione y afantasiee mi memoria. Me la imagino en una bikini modesta como las de antes, arrojándose al río seguida de otrxs jóvenes. El agua es marrón clarito, no este marrón-oscuro-azulado tremendamente más denso que río adentro, producto de quién sabe cuánto desecho de fábricas, sumado al gran tráfico lanchero. Justo ahora, el río está bajando, así que el olor se intensifica; igual, ya me acostumbré y creo que hasta me gusta.
A mi izquierda, un jacarandá vecino, más atrás una pequeña vereda costera por la que pasan los mismos personajes siempre: perros con sus respectivos dueños, runners, churreros en bicicleta haciendo la última ronda de la tarde, algún turista con el equipo matero y lonita/reposera, madres con sus bebés en cochecito, que me recuerdan mis épocas de niñera en la que daba vueltas y vueltas costeando el río hasta que por fin el niño o niña se rendía al sueño y yo podía escoger un árbol, como el que me apoyo ahora, y ambos descansar a la sombra frente al río.
Giro arriba mi cabeza hasta que mi coronilla se topa con la textura de la corteza del tronco y veo tan solo una imagen bellísima, la ramificación del jacarandá. De mi cabeza-tronco salen ramas, de ellas otras ramas más finas, y de ellas, las hojas gigantes que a su vez están compuestas por pequeñas hojas individuales, junto con algunas semillas que parecen libritos o estuches. Por entre medio de las hojas logro ver pequeños fragmentos de cielo, ahora azul tenue ya que pronto anochecerá.
La última parte de esta secuencia mecánica: miro hacia abajo, hasta que mi mentón toca mi pecho. Veo el escote de mi vestido que descubre el tatuaje de hongos que tengo entre las tetas, mi cuaderno de tapa blanda sostenido por mi mano izquierda, mis piernas abiertas, mis pies enredándose en el pasto, también mi termo lleno de agua endulzada con el último poquito de miel y mi mate chiquitito de cerámica, que cada tanto tengo que soltar entre sorbos porque el calor traspasa la fina pared y me quema los dedos.
Repito el movimiento de derecha, izquierda, arriba, abajo un par de veces, hasta que me veo interrumpida por imágenes que luego se transforman en palabras y ellas me piden -por favor!!!!!! sacá el cuaderno y la birome, tenemos algo importante para vos.

Comentarios
Publicar un comentario