veintitres de junio
Dejar ir me duele, pero más me hace daño estar donde ya sé que no pertenezco. Debo recordarme a mí misma, como un mantra divino: Luego el dolor cesa, ya te pasó miles de veces, estarás mejor que ayer. El tiempo es la medicina definitiva, la paciencia, la espera; la recompensa me consuela siempre.
Luego me cuestiono si estaré errada en mi actuar. ¿Será que puedo aguantar un poquito más y todo mágicamente se resolverá? ¿Estaré huyendo de algo bueno y, necia, no lo puedo ver?
Siempre añoro volver al ayer. Me recuerdo a mí misma con una ternura infantil, me fanatizo de lleno con quien una vez supe ser. Cierro los ojos para viajar en el tiempo y poder volver a besar viejos amores. Intento, frunciendo el ceño, que vuelvan a mi memoria conversaciones enteras que tuve hace años. ¿Qué soy hoy más que un rejunte de memorias?
Soy todas las veces que cometí el mismísimo error. Soy la primera vez que curé una herida que yo misma causé. Soy cada sentimiento correspondido, cada vez que mi amor fue suficiente. Soy, aún en alguna parte de mis células, esa niña que no comprendía por qué le tocaba sentir tanto. Soy esa joven adulta que un día se dijo a sí misma: qué suerte tengo de ser yo.
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