que bruja!
¡Qué bruja! Te invoqué con un pensamiento banal en el colectivo. Pensé en las letras que conforman tu nombre, la improbabilidad de verte esa misma noche, la curiosidad de si pensarás en mí, si lo harás de noche, si será justo esta. Llamarle casualidad a mis decisiones impulsivas le quita mérito a mis poderes intuitivos, esa noche tenía un gusto distinto a las noches pasadas, solo que todavía no lo entendía del todo.
Me gusta pensarme con cierta especialidad, como si cargara cosas en mí que otros no, y pienso, ¡qué suerte! Me encanta ser la portadora de estos pensamientos, además entiendo que no lo puedo elegir, llegan a mí como imágenes claras y concretas. No quisiera tener que explicarlo tanto, las cosas que en mí se sienten reales, me gusta que permanezcan con sus cualidades mágicas: explicar tus poderes deteriora lo fantástico. Yo así me divierto sola, encuentro señales en los momentos indicados, entiendo que mis pensamientos son extremadamente poderosos, que mi intuición está afilada como una daga de piedra preciosa. Vivo con la tranquilidad de saber que todo esto es real y es mío, me basta con eso.
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