12 de enero


La belleza esta en los surcos, en la profundidad, en la sombra.

Estoy en el micro que me llevará desde La Paloma hacia Montevideo, donde nos tomaremos un Buquebus con destino final a Buenos Aires.
El movimiento mecedor del piso superior del micro, con la canción justa, desató una nostalgia palpitante en mi pecho, en la boca de mi estómago. Pienso cómo en cada viaje le entrego una parte de mí al paisaje, y cómo el paisaje me devuelve: un intercambio justo.



Nos quedamos, con Lola, una semana y un día en La Pedrera. Nos hospedamos en una casita maravillosa, llena de artículos de madera, que su dueño y autor, Luis, le alquiló a Magui. Un camino de flores lilas nos depositaba directamente en una playa tranquila en la que las mujeres se bañaban en el mar sin corpiño. Nosotras el último día, aprovechamos el apañe de las demás y descubrimos nuestras tetas blancas al sol del mediodía. La sombrilla salió volando y debimos cazarla mientras sosteníamos nuestros pechos con el antebrazo (algunos pudores los conservamos).
La playlist oscilaba entre Virus, Sandro e Isla de Caras. Con nuestro parlante escuchábamos una canción que dice: “Decime cómo estás, nena, a ver si lo entiendo. Te busco y ya no estás, como algo que pierdo”, que me recuerda a un chico con el que salí una vez. Mientras me besaba en su cama, escuchaba: “Chicas como vos… chicas como vos”. Las chicas como yo, invadidas de nostalgia.
En otra de las playas aledañas a la casa encontramos una pileta en el mar, amparada por piedras (que en realidad son cuarzo, me explicó Belén, vecina de la zona. Decía: “La piedra te puede llamar o no, y a ustedes las atrapó”). A esta pileta saltamos de bomba en dos ocasiones; las olas rebotando contra las piedras lo volvían extremo.
El último día el cuarzo me llamó, y sentada en la piedra le pedí claridad al mar. Las imágenes se linkeaban con palabras con rapidez en mi mente. Primero el mar me dijo: “No te quedes en la superficie” y yo le pregunté: “¿Dónde está la belleza?” El mar me mostró cómo el agua lograba pasar de una piedra a la otra y apareció la primera palabra: “surco”. Entonces, la belleza está en los surcos. Luego me mostró cómo al regresar la ola, el agua, con potencia, iba hacia abajo; y apareció: “profundidad”. La belleza está en los surcos, en la profundidad... El sol atardecía y frente a mí, en una piedra-cuarzo, ¡mi sombra! Y digo para adentro: ¡Claro! Recordar: no quedarme en la superficie, la belleza es otra cosa. Lo aprendimos todo mal, al revés.



Fue una semana desbordada de placeres. Bebimos limonada con frutos rojos a diario, amasamos pizza, comimos huevos frescos de Dorita, la gallina dorada de Luis.
Con Lola trajimos libros para devorar. Al llegar descubrimos que yo había traído una novela de Camila Sosa Villada y un libro de cuentos de Mariana Enríquez, y ella una novela de Mariana y cuentos de Camila. Estábamos en completa sincronía. Ambas leímos todo, inclusive lo que trajo la otra. Las chicas como nosotras queremos leer a otras chicas que hablen de los surcos, lo profundo, las sombras: sabemos dónde está la belleza.
Pensé, a lo largo del viaje y en varias ocasiones, que podría vivir acá, en La Pedrera. Si quisiera hacerlo podría, lo sé. Porque las chicas como yo necesitamos vivir cerca del agua; por eso mi casa es frente al río Luján.

La casi luna llena en Cáncer me dio vuelta de afuera hacia adentro, para que mi sangre depure a la que ya no seré más, a la que debí dejar de ser hace tiempo.
Alguna vez escribí: “Las cosas las pienso mirando el río, y las decisiones las tomo después de hablar con mamá”, y creo que delata mi luna natal en Cáncer mejor que nada.

Dejaré que lo demás decante en los próximos días. Ahora ansío llegar a casa.



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